Aunque es indiscutible que, en literatura, no existen
ni pueden existir géneros más importantes y géneros menos
importantes, sino sólo obras escritas con mayor o con menor
pericia, lo cierto es, también, que las características y las
exigencias de cada uno obligan al escritor a utilizar su único
elemento de trabajo —la palabra— de distintas maneras.
Dentro de la narrativa existe cierta superstición que le
otorga a la novela mayor «prestigio» que al cuento, disparate
que nos obligaría a admitir que los copiosos y anodinos
relatos de tantos best-sellers son superiores a cualquier
cuento de Borges. A mí me parece que la novela requiere —y
esto no es un baldón— un porcentaje bastante elevado de
trabajo de —¿cómo diré?—, de trabajo de «fogonero»: es decir,
redactar con paciencia algunas páginas neutras, donde tal vez,
en muchos casos, sea tan eficaz (o tan ineficaz) una palabra o
una construcción sintáctica cualquiera como otra palabra u
otra construcción sintáctica cualquiera.
En
el cuento, y sólo en este sentido, esto no es posible: las
exigencias son mayores: es deletérea la distracción y
cualquier desatención puede pagarse tan cara, que termina por
destruir el efecto buscado. En los relatos que componen este
libro, Héctor Alvarez Castillo ha sabido recorrer la difícil
comarca, erizada de dificultades y de trampas, donde nacen y
se desarrollan los cuentos. Lo ha hecho, como corresponde, con
el ojo tan vigilante como el oído, de manera que las tramas —a
veces, situaciones; a veces, vueltas de tuerca; a veces,
sorpresas bien graduadas— desembocan, naturalmente y sin
tropiezos laterales, en el final que el autor ha previsto y,
afortunadamente, el lector no.
Las
formas son variadas. Ejemplos: en «Solicitud», la delgada
estructura de un austero diálogo teatral es más que suficiente
para sugerir lo que se calla y cuya resolución se deja en
manos del lector; «Metamorfosis» se extiende como una metáfora
narrativa; el tono fríamente informativo de «Topología
celeste» es el más eficaz para reelaborar temas eternos.
Estos dieciocho cuentos de Héctor Alvarez Castillo constituyen
otros tantos motivos de grata imaginación que merecen ser
explorados por el lector.
Fernando Sorrentino